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La depresión a nuestros mayores

 

 

“No recordaba la razón para vivir y cuando la recordaba, no me convencía.”

                                                -JOAQUIN PHOENIX-

 

La depresión es uno de los trastornos del estado de ánimo más prevalentes en la actualidad. Se caracteriza principalmente por la presencia de tristeza y estado de ánimo bajo, disminución de la autoestima, pérdida de placer por aquello que anteriormente provocaba satisfacción, trastornos del apetito y/o del sueño, y sensación de fatiga habitual. Además de estos síntomas, la depresión genera habitualmente apatía y dificultad para tomar decisiones.

Esta sintomatología se mantiene, por lo menos, durante dos meses y produce un malestar significativo que altera el nivel de funcionalidad.

Se puede desarrollar a lo largo de cualquier etapa vital. Si bien es cierto que, debido a algunos factores característicos del envejecimiento, el adulto mayor puede padecer este trastorno con cierta probabilidad. La depresión en personas mayores destaca principalmente por la presencia de tristeza, anhedonia (incapacidad para experimentar placer) y síntomas psicosomáticos, es decir, síntomas físicos producidos por procesos emocionales, tales como fatiga crónica o dolor de cabeza.

Es importante resaltar que envejecimiento no es sinónimo de depresión, decadencia o declive. Sin embargo, se trata de una etapa vital en la que pueden surgir con mayor probabilidad condiciones que generen esta clase de síntomas.

La sintomatología depresiva puede ir acompañada de déficits neuropsicológicos (pseudodemencia depresiva), por ello, en muchas ocasiones debe realizarse un diagnóstico diferencial entre demencia y depresión de cara a implementar un tratamiento farmacológico. Las alteraciones más comunes son:

  • Enlentecimiento en la velocidad de procesamiento.
  • Déficit de atención sostenida y dividida. Es decir, mantenimiento de la atención y realización de varias tareas simultáneamente.
  • Alteración en funciones ejecutivas. Concretamente dificultad en memoria de trabajo, planificación, toma de decisiones, solución de problemas y flexibilidad cognitiva.
  • Afectación en la memoria episódica a corto y largo plazo. Especialmente de tipo verbal, viéndose influida por la presencia de pensamientos negativos que no permiten centrar la atención con el fin de codificar y almacenar correctamente dicha información.

El origen de un trastorno depresivo es indeterminado, sin embargo, se pueden identificar factores con posible influencia en la aparición de estos síntomas. Estos factores de riesgo pueden encontrarse relacionados con cuestiones biológicas u orgánicas, psicológicas, o sociales y ambientales:

  • Enfermedades degenerativas como Parkinson o Alzheimer
  • Accidente cerebrovascular
  • Género femenino (las mujeres padecen depresión en mayor porcentaje que los hombres)
  • Enfermedades crónicas dolorosas
  • Trastornos del sueño
  • Personalidad insegura con escasos recursos de afrontamiento o adaptación
  • Consumo diario de medicamentos
  • Abuso del consumo de alcohol
  • Proceso de duelo
  • Traslado a una residencia de personas mayores
  • Sentimientos de soledad
  • Escaso o nulo apoyo social
  • Escasez de recursos económicos

 

Es evidente que, durante la etapa de la vejez, la presencia de pérdidas, limitaciones y situaciones estresantes es inevitable. Sin embargo, pueden llevarse a cabo ciertas pautas o hábitos con el fin de favorecer el bienestar de estas personas y de reducir sus niveles de insatisfacción. Convivir o mantener una relación cercana con una persona que padece depresión resulta complicado por la frustración y la impotencia que supone percibir su apatía, su abandono personal, su bajo estado de ánimo y su incapacidad de disfrute. Sin embargo, si aspiramos a mejorar su estado de ánimo, debemos dejar a un lado el sentimiento de rabia que nos provoca esta frustración y procurar relacionarnos con el adulto mayor de manera diferente.

En estos casos es fundamental que la persona perciba apoyo social por parte del entorno que la rodea. El tiempo que pasemos con ella debe ser “tiempo de calidad”, es decir, debe tratarse de tiempo durante el cual le dediquemos nuestra atención plena, procuremos que se exprese y que se comunique abiertamente con nosotros. A través de esta expresión libre podremos validar sus sentimientos y otorgarles un significado. Gracias a este tipo de dinámicas se va a favorecer el establecimiento de vínculos afectivos que actúen como factor protector.

Por otro lado, cabe destacar como factor protector el establecimiento de una rutina de actividades a través de las cuales se generen emociones positivas y sensación de productividad. La participación en terapias de estimulación física, cognitiva, funcional o social puede resultar realmente beneficiosa para su calidad de vida y estado de ánimo. Además, si la persona está dispuesta a recibir apoyo psicológico, la psicoterapia constituye un pilar fundamental dentro del tratamiento no farmacológico.

 

Natalia Pasquín

 

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