Autores: Sergio Alarcón González y Esteban Rodríguez Regueira

Resumen: El Modelo de Atención Centrado en el Servicio, con su recurso estrella, los Centros de Día, no ha sabido o no ha podido adaptarse a la nueva realidad social de las personas mayores y en espacial a las que padecen deterioro cognitivo leve, enfermedades neurodegenerativas o daño cerebral adquirido. Nosotros proponemos a través del Modelo de Atención Centrado en la Persona, un nuevo concepto de intervención: El Multiespacio de Terapia y Convivencia.

Palabras Clave: Centro de Día. Terapia. Convivencia. Multiespacio. Personas

Antes de los años 70 la situación de las Personas Mayores en España podía considerarse, cuanto menos, difícil. El primer estudio sociológico español sobre la vejez, el informe GAUR (1975), evidencia que la pobreza estaba presente en proporciones muy elevadas: un 12% de las personas mayores no tenía ingresos estables, una de cada tres percibía menos de 1000 pesetas (alrededor de 6€) y el ingreso del 50% no superaba las 2000 pesetas/mes.

En esa época los recursos asistenciales destinados a las personas mayores eran las residencias, herencia de los antiguos asilos, lugares de acogida, residencia o servicios para personas mayores, pobres, con discapacidad y dependientes en general, de los que se cuentan relatos cuyas prácticas en muchos casos hoy no estarían aceptadas o incluso serían enjuiciadas legalmente .

A principios de los años 70 se produce el primer intento de planificación a través del Plan Nacional de la Seguridad Social de asistencia a los ancianos, aprobado el 26 de Febrero de 1971. Este Plan preveía el desarrollo de recursos a través de dos modalidades:

  • La Acción directa de la Seguridad Social, para la puesta en funcionamiento de “ayuda a domicilio”, clubs, residencias, sanatorios geriátricos de rehabilitación y residencias asistidas.
  • La Acción concertada para promover la creación de unidades geriátricas por entidades públicas o privadas con el fin de extender por todo el territorio nacional, una red de asistencia gerontológica.

Estos son los albores de lo que se dio a conocer como recursos destinados a Personas Mayores, dispositivos asistenciales en los cuales la opinión de la persona usuaria generalmente no era tenida en consideración, desarrollando esta un papel no protagonista a través del cual únicamente se adaptaba al servicio ofrecido. Aun así, pasaron años hasta que estos recursos se pusieron en marcha y supusieron una realidad, un verdadero avance en la atención que la sociedad española dedicaba a sus mayores.

La década de los años 80 trajo consigo cambios importantes para las personas mayores en España: se generalizó el sistema público de pensiones, el acceso al sistema sanitario y se materializó un proceso más o menos rápido de implantación de Servicios Sociales, al menos de una forma conceptual (Sancho T, Rodríguez P, 1999). En el año 1988 se pone en marcha el Plan Concertado de Prestaciones Básicas de Servicios Sociales, a iniciativa del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social y de la Dirección General de Acción Social, cuyo objetivo era la colaboración entre la Administración del Estado y las Comunidades Autónomas para financiar de forma conjunta una red de atención de Servicios Sociales municipales que garantizase la cobertura de las prestaciones básicas a las personas en situación de necesidad. Aun con estos avances, el sistema de servicios sociales en España distaba mucho de los que venían desarrollando nuestros vecinos en Europa (se habla incluso de que estábamos 20 años por detrás). En estos países se trabajaba en torno a la desinstitucionalización mientras en España se construían residencias de gran capacidad tipo “hotel de lujo” para gente no asistida con problemas socioeconómicos a los que de esta forma la sociedad quería “pagar” aquello que habían aportado al conjunto con tantos años de trabajo.

Es a finales de esta década cuando empieza a cobrar fuerza la idea de atender a las personas en su medio habitual haciéndolo además desde servicios comunitarios y no desde instituciones residenciales, devolviendo a la familia el papel principal a la hora de atender a sus seres queridos. A partir de este cambio conceptual, la intervención social se organiza en torno a la noción de “ayuda”, con el objeto de mantener y respetar todas las potencialidades de los individuos, es decir, su autonomía, apoyando así sus esfuerzos por permanecer en su medio habitual de vida (Lesseman y Martin 1993).

Con todo, no fue hasta la década de los 90 cuando en España se vivió el auge de la planificación gerontológica. En 1993 se puso en marcha el Plan Gerontológico que ya se venía elaborando desde 1988, plan que estructurado en 5 áreas de actuación jugó más un papel de referente teórico que práctico, principalmente porque  contó con una partida presupuestaria muy reducida y adoleció de problemas competenciales entre los diferentes niveles de la Administración. En esta década los teóricos comienzan a lanzar el discurso respecto a  la necesidad de que la persona envejezca en casa, motivo por el que se articulan políticas y diseñan recursos orientados en esta dirección.

Uno de los recursos que aparecen en esa década son los denominados Centros de Día, cuya definición, en muchos casos divergente respecto a la atención que en ellos se presta, dice así: «Centro gerontológico terapéutico y de apoyo a la familia que, de forma ambulatoria, presta atención integral y especializada a la persona mayor en situación de dependencia». Este recurso es diseñado en un contexto socialmente paternalista en el que impera la concepción de un omnipotente “Papá Estado”   que cuida de todos nosotros como si fuéramos sus hijos. Nace además en una realidad histórica cuyos valores sociales orientan la concepción de la atención a las personas mayores al hogar y a la familia, con una estructura familiar en la que la mujer todavía no se ha incorporado por completo al mercado laboral y es en quien recae la función del cuidado de niños, enfermos y mayores. Resulta importante mencionar en este punto que la medicina geriátrica aun no había dado el salto cuantitativo y cualitativo que experimentaría años después, influenciada entre otros aspectos por el nicho de negocio que representaba una sociedad cada vez más envejecida  y la presencia de enfermedades como el Alzheimer, que no eran estudiadas, diagnosticadas y tratadas como lo son en la actualidad.

Los recursos  que se crean en esta época son, por tanto, de corte paternalista, con un marcado carácter asistencial, y sitúan en el centro del modelo de atención al propio servicio, es decir, el modelo de atención pivota y se desarrolla respecto al servicio prestado, relegando a la persona usuaria y a su familia a un segundo plano. Denominaremos por ello a este modelo de atención como “Modelo de Atención Centrado en el Recurso”, y situaremos al Centro de Día como uno de sus servicios estrella, puesto que este tipo de recurso es un claro ejemplo de como la persona es sujeto pasivo de servicios y tratamientos diseñados para un usuario estándar, que relegan además a la familia al rol de  espectador del proceso.

La sociedad avanza, las patologías y sus abordajes cambian y la realidad de las personas y sus necesidades se modifican. Y esto es lo que sucedió en España a partir de finales de la década de los 90 y con la entrada del nuevo siglo. La incorporación plena de la mujer al mercado laboral (1994-2007), la consolidación del Estado de Bienestar, la individualización de la sociedad y el cambio en las estructuras familiares, el avance científico y tecnológico, la Ley 39/2006 de Promoción de Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia y el consiguiente cambio de mentalidad en la atención a personas dependientes así como el abordaje de los problemas sociales, la multiculturalidad y el avance del pensamiento social centrado en la persona, representan hitos que se traducen en cambios sociales, la construcción de  nuevas realidades que generan y transforman las necesidades de los individuos.

Las enfermedades neurodegenerativas y los accidentes cerebrovasculares afectan cada vez a más personas. Se calcula que más de 800.000 personas padecen Alzheimer  (ALZ.org) y más de 130.000 sufren un ICTUS en España (FEDACE).  La medicina ha evolucionado y esto hace que las personas vivamos más tiempo, aumentando de manera exponencial el riesgo de padecer alguna de estas patologías. La prevalencia de estas en la población de Personas Mayores es alta, viéndose aumentada con la edad. Muchas Personas Mayores padecerán en su vida alguna demencia o sufrirán un accidente cerebrovascular. La incidencia de la Enfermedad de Alzheimer, por ejemplo, crece a partir de los 65 años de forma que a mayor edad mayor probabilidad de padecerla. Al haber aumentado la esperanza de vida hasta superar los 80 años de media, estamos ante una sociedad que no solo envejece (con el ritmo de nacimientos actuales nos enfrentamos a una pirámide de población invertida) sino que tiene un alto riesgo de padecer alguna enfermedad neurodegenerativa. Por este motivo, la atención a personas mayores y en especial a aquellas que padecen Daño Cerebral Adquirido (DCA) o alguna enfermedad neurodegenerativa, debería haber evolucionado de forma correlativa y no ha sido así.

El Modelo de Atención Centrado en el Servicio y sus clásicos centros de día o de rehabilitación, como recurso sanitario, social y terapéutico no han sabido o no han podido adaptarse a las necesidades de las personas que viven con este tipo de patologías; despersonalización, paternalismo o infantilización, es lo que muchas de ellas y sus familias se encuentran en su interior, a la par que tratamientos y terapias “en serie”, aplicadas y practicadas sin tener en cuenta la mismidad de quienes las reciben, sus necesidades y las de sus familiares, estableciendo en muchos casos objetivos irreales, vendidos a la carta y faltos de contenido. Además, el centro de día es vivido por muchas de las personas que lo utilizan y percibido por un amplio espectro de profesionales sociosanitarios así como por el imaginario colectivo en general, como un espacio reducido, poco luminoso, con estancias frías y sin zonas verdes, generalmente ubicado en bajos de edificios, en el cual las personas mayores (y ya no tan mayores) acuden a pasar el día, como si de una guardería se tratase. La tendencia al infantilismo, a comparar y tratar, por ejemplo, a las personas mayores que padecen una enfermedad neurodegenerativa como niños, es una tónica en el sector, una práctica del todo errónea pero muy extendida en su uso a la hora de intervenir con personas mayores. ¿Si cambiáramos este concepto no sería más fácil cambiar el modelo de atención actual? Dicho de otra forma, con esa manera de pensar, ¿no es normal ofrecer un modelo de atención alejado de la realidad de estas personas? El pensamiento suele preceder a la acción razonada, por lo tanto, la forma de pensar es un reflejo de lo que luego desarrollamos como personas, ya sea en nuestra faceta de  profesionales y/o empresarios.

Los clásicos Centros de Día ofrecen tratamientos iguales para todos sus usuarios, lo que unido a la habitual falta de espacio, supone una despersonalización generalizada y se traduce en la cohabitabilidad de personas con diferentes enfermedades y diferentes grados de deterioro, tiempos muertos y personas sentadas mirando un televisor o al infinito; al tiempo que las familias quedan relegadas a un tercer plano y no participan de la realidad de sus personas queridas. Este último punto es fundamental si se quiere ofrecer una atención, integral e integradora, una atención real, la “atención total” que pasa por la construcción del modelo en torno a la persona y la inclusión de familia y entorno. Integrar a la familia en el proceso terapéutico debe ser uno de los objetivos principales a la hora de ofrecer un modelo de atención diferente al actual y adaptado a las necesidades de las personas. No se puede abordar una enfermedad neurodegenerativa o el DCA sin integrar a los familiares en los tratamientos y/o terapias ya que estos forman parte de la realidad de la persona, por lo que deben construir juntos el aprendizaje, la comprensión y el abordaje de la nueva realidad sociosanitaria.

Otro aspecto capital a la hora de abordar un cambio de paradigma que posibilite innovar y desarrollar un modelo de “atención total” es la integración de las personas en su entorno más próximo y del entorno inmediato en el día a día de estas personas. Cuando hablamos de que las personas “envejezcan en casa” no quiere decir que lo hagan sin salir de ella. El diagnóstico de una enfermedad neurodegenerativa o la vivencia de un proceso que genera DCA, suele acompañarse generalmente de una tendencia al aislamiento. Desde los recursos de atención ha de atenderse a este a priori,  interviniendo para evitarlo, fomentando la participación de las personas en la sociedad y favoreciendo la participación de esta en el propio recurso.

Los antiguos Centros de Día  y/o de Rehabilitación deberían haber convergido junto a las transformaciones sociales para adaptarse a las nuevas realidades, modificando el modelo de atención en base a las necesidades de sus usuarios y sus familias, pero aunque han existido intentos, estos han sido superficiales y con objetivos meramente mercantilistas y comerciales. En el momento en el que nacieron fueron un recurso revolucionario, innovador, que permitía a las familias llevar a sus familiares a un “sitio para estar” mientras ellos podían seguir atendiendo las obligaciones de su día a día, al tiempo que por la tarde la persona regresaba a su hogar, evitando el internamiento en una residencia. Por aquel entonces no se buscaba, ni existía en el sector, la especialización. A las familias les resultaba suficiente con cubrir la parte de los cuidados, se trabaja que su familiar estuviese “cuidado”. Fue la época del inicio de un modelo de atención nuevo, el Modelo de Atención Centrado en el Servicio o Recurso, que pese a resultar innovador  y representar una alternativa al internamiento residencial, vino a responder más a una necesidad familiar (la de hacerse cargo de  la persona mayor dependiente durante el día) que a las necesidades de la propia persona dependiente. El paradigma suponía que las personas iban y se adaptaban a lo que el servicio podía ofrecerles, quedando su voluntad relegada a un segundo e incluso tercer plano, en lo que hoy día podemos catalogar como un recurso muchas veces impersonal, paternalista, meramente asistencial y en el cual las personas ostentan el status de cliente, paciente o usuario.

Han pasado muchos años desde entonces y muchos son los cambios sociales afrontados: demográficos, económicos, tecnológicos, culturales e ideológicos, cambios que han afectado a la estructura social, al modo de vida de las personas y a la forma de organizarse y relacionarse estas en sociedad. Desde el surgimiento del Humanismo y su mirada a la ciencia en lugar de al teísmo, junto a la evolución conceptual más utilitarista de lo ético representada por la deontología, el valor y la agencia del ser humano, individual y colectivamente, es cada vez mayor. La persona, el individuo, es considerado cada vez más importante, cobra protagonismo, se empodera, y sin embargo, en el sector de la atención a personas dependientes el Modelo de Atención Centrado en el Servicio (y no en la persona) sigue siendo el imperante, aquel nacido en los años 90 que no ha evolucionado porque no ha sabido adaptarse a los cambios y a las necesidades de las personas a las que se dirige.

En la actualidad, la propia realidad social nos encamina hacia un Modelo de Atención Centrado en la Persona, modelo más representativo de los valores sociales del siglo XXI. Este modelo, que pone a la persona y a su familia en el centro, aboga por la autodeterminación del ser humano y vela por el principio de autonomía e independencia. La persona no es la que debe adaptarse al servicio, al contrario, es el servicio el que debe adaptarse a la persona. La Atención Centrada en la Persona tiene como referencia la propia vida del individuo. Su historia de vida, su forma de pensar y de relacionarse, sus rutinas, sus gustos y aficiones son el eje fundamental a la hora de planificar los recursos. La persona es quien decide, los profesionales apoyan y facilitan esas decisiones aportando su experiencia y esfuerzos para mejorar su calidad de vida, pero la persona es sujeto activo. Este Modelo permite a las personas ser protagonistas cuando acuden a un recurso sociaosanitario, no ver su vida coartada, modificada y/o anulada, como ocurre actualmente en muchas ocasiones. Al revés, se da continuidad a sus vidas, se produce el abordaje de una nueva etapa sin ruptura, y la ruta terapéutica y asistencial, además de ser elegida por la propia persona (con ayuda profesional y de sus seres queridos)  tiene sentido para ellos.

El Trabajo Social y por ende los trabajadores y trabajadoras sociales debemos apostar por este modelo de atención. Nuestro marco de referencia en la intervención social que aboga por la autodeterminación de la persona, es coincidente con este tipo de atención en los aspectos más importantes de la misma. Creemos que por este motivo debemos luchar por cambiar el actual Modelo de Atención Centrado en el Recurso y apostar por el Modelo Centrado en la Persona.

Como hemos mencionado anteriormente, uno de los recursos estrella del Modelo de Atención de los años 90 centrado en el servicio, es el clásico Centro de Día, obsoleto y que debe renovarse para adaptarse a las necesidades y demandas de una sociedad en constante cambio. Nosotros, como trabajadores sociales que creemos firmemente en la persona, proponemos un nuevo concepto que sustituye a los clásicos Centros de Día: El Multiespacio de Terapia y Convivencia.

El Multiespacio de Terapia y Convivencia además de adaptarse a la realidad descrita, desde su concepción teórica modifica el modelo de atención a personas con deterioro cognitivo leve, enfermedades neurodegenerativas y DCA, dignificando su vida a través de la intervención social y la atención sanitaria. Es necesario poner a La Persona y su familia en el centro del modelo de atención, trabajar desde un enfoque Centrado en la Persona. Quienes desarrollamos una profesión no somos dueños de la vida ajena, participamos de ella porque nos han elegido para compartir y facilitar un proceso, pero hemos de saber distanciarnos para no anteponer nuestras concepciones del mundo y de lo que debe de ser; la persona ha de decidir,  nosotros sencillamente sentirnos privilegiados de poder acompañarla. Para ello hemos de distanciarnos epistemológicamente, soltar lo que arrastramos del pasado, ser conscientes de nuestra propia mismidad, ver a quien tenemos enfrente como un ser único e irrepetible, protagonista de su vida, y llenar nuestra relación de valores que fomenten el respeto, la dignidad, la autonomía y la autodeterminación. Hay que abandonar etiquetas como mayores, tercera edad  o enfermos, porque son éstas las que discriminan, normalizar las situaciones, dejar que las personas decidan y adaptar el recurso a la persona y que no sea la persona la que se adapte al recurso.

Consideramos asimismo, que ante este nuevo paradigma que se plantea, los términos cliente, paciente y usuario ya no resultan representativos. Cliente es un término poco específico que hace referencia a una persona receptora de un bien, servicio, producto o idea, a cambio de dinero u otro artículo de valor. La palabra paciente, en términos sociológicos y administrativos, nombra al sujeto que recibe servicios de un profesional de la salud y se somete a un examen, tratamiento o intervención, asociando a éste además con la palabra paciencia y, aunque de origen etimológico distinto, con la palabra pasividad, que transmite la sensación de que el paciente juega un rol necesariamente pasivo. Por su parte, usuario es un término que despersonaliza y generaliza, relegando a la persona a la mera utilización de un servicio, convirtiéndolas en personas anónimas y en la mayoría de los casos en cifras o porcentajes.   Nosotros creemos que el término más adecuado para referirnos a las personas que forman parte de un Modelo de Atención centro en la Persona es: “persona participante”. Apostamos por ello y creemos que es el término que más se ajusta a esta filosofía, puesto que denota que la persona es parte activa, que actúa junto con otras personas en un acto o actividad, y generalmente con el mismo nivel de ampliación. Las personas participan de algo suyo, diseñado y articulado por ellas y sus familias con ayuda profesional, donde individual y colectivamente se construye una nueva realidad, El Multiespacio de Terapia y Convivencia.

“El Multiespacio de Terapia y Convivencia” es el recurso asociado al Modelo de Atención Centrado en la Persona que sustituye a los clásicos Centros de Día del Modelo de Atención Centrado en el Servicio. Nace de la experiencia, del análisis de la realidad y de la necesidad de cambio, de un esfuerzo por adaptar la atención a las necesidades de las personas y a la realidad social, de integrar a la familia y al entorno en el proceso, aprovechando el potencial que aportan los diferentes profesionales implicados, poniendo a su disposición las herramientas necesarias para ofrecer una atención total a quienes lo necesitan.

El Multiespacio se articula como un lugar en el cual convivir y participar, aprender la nueva situación integrando a la familia, generando vínculos y construyendo una realidad que va más allá de la terapia: la vida en El Multiespacio es terapia, es convivencia, es real y se convierte en el día a día de todas las personas que formamos parte de un nuevo concepto de atención a las personas con deterioro cognitivo leve, que padecen una enfermedad neurodegenerativa o sufren DCA.

El concepto de Multiespacio de Terapia y Convivencia gira en torno a cuatro ejes fundamentales.

En primer lugar el Multiespacio se articula como un lugar con diferentes espacios delimitados y especializados, en cada uno de los cuales se llevan a cabo diferentes terapias y actividades de convivencia. Los diferentes espacios están dotados de los materiales y recursos necesarios para que los profesionales implicados puedan sacar el máximo partido a su intervención. Todo ello en un clima agradable, acogedor y familiar, cálido, luminoso y diferenciado, alejado de los espacios fríos, poco luminosos o diáfanos donde  los clásicos centros de día concentraban a un gran número de personas.

El segundo eje es la terapia. El Multiespacio cuenta con un intenso, variado e innovador plan de terapias encaminadas a trabajar las diferentes áreas que puedan verse afectadas. Para ello contamos con un equipo de profesionales altamente cualificado y especializado, sensibilizado con la realidad de la población a la que atiende y con una fuerte vocación de servicio, desarrollan la denominada ruta terapéutica  en las siguientes áreas: cognitiva, motora, funcional, emocional, conductual, sensorial y social. Terapias validadas que cuentan con marcadores de evaluación que permiten medir su eficacia, efectividad y el grado de avance. Si no es así, se estarán haciendo actividades o se estará pasando el tiempo. Además, es imprescindible que la ruta terapéutica la elija cada persona participante, los profesionales deben estar preparados para hacer el trabajo que estas decidan junto a sus familiares de referencia y con la ayuda de los técnicos.

El tercer y cuarto eje articulan la parte convivencial. La convivencia entre participantes, familias, profesionales y entorno fomentando la parte social y relacional de las personas. Para ello se han diseñado espacios y actividades de convivencia que integran a la familia y a la comunidad en el proceso terapéutico. Se concibe y articula lo convivencial en lo relativo a la convivencia entre participantes, la convivencia y el intercambio entre familiares, los espacios propios para el debate y la discusión profesional, así como el acceso de la comunidad al Multiespacio mediante la realización de actividades externas. Además, hay lugar para el desarrollo de actuaciones conjuntas en las que interactúan participantes, familias, profesionales y personas externas.

La familia, como institución, siempre ha tenido un peso muy importante en España, soportando en muchas ocasiones y casi de manera exclusiva el cuidado de las personas dependientes, especialmente en el caso de personas mayores. En la actualidad, los familiares son los grandes olvidados a la hora de articular la atención a las personas mayores desde los recursos profesionales, y resulta necesario recuperar la participación de la familia en la atención de sus seres queridos. Creemos que el trabajo debe englobar a la familia y amigos de las personas que acuden a El Multiespacio, como unidad indivisible. Cuando hay un diagnóstico de una enfermedad neurodegenerativa o DCA, no solo la persona se enfrenta a una nueva realidad, también lo hacen su familia y sus amistades. Por este motivo, el trabajo tiene que ir encaminado a ayudar a que juntos construyan la nueva realidad, vertebrando espacios que fomenten la participación conjunta, grupos de apoyo y grupos de ayuda, facilitando que la unidad familiar pueda pasar tiempo con su familiar en El Multiespacio. Asimismo, se pone a disposición de familiares y amistades el acceso a formación especializada, terapia psicológica, individual y colectiva, para el abordaje del duelo que genera afrontar situaciones de alto impacto emocional, mecanismos para abordar nuevas realidades en las relaciones sexuales y de pareja tras procesos de DCA, etc. Dejar fuera a la familia es un error que coarta la intervención terapéutica.

Una sociedad cada vez más sensibilizada con el envejecimiento, el Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas, el DCA, etc. no debe quedarse sin participar de este nuevo paradigma o modelo de intervención; a la par que las personas que envejecen y que padecen alguna enfermedad neurodegenerativa o DCA, no deben quedarse aisladas de la sociedad. El aislamiento, la progresiva pérdida de relaciones sociales y familiares es un hecho que ocurre en la actualidad de una forma generalizada. Convivencia es por tanto mantener a las personas en la sociedad e incorporar a la sociedad en el proceso terapéutico. En El Multiespacio la sociedad tiene su cuota de protagonismo en el proceso, motivo por el cual desarrollamos un trabajo en los domicilios y barrios de las personas, con los amigos, con los vecinos, para que estas (limitaciones a parte) sigan llevando una vida lo más normalizada posible. También hay que hacer trabajo fuera de El Multiespacio y “enseñar” a la sociedad que las personas mayores, y no tan mayores, con Alzheimer, con DCA,… siguen siendo personas y siguen aportando, haciendo lo que tú y yo hacemos. Además, las personas de los barrios donde se encuentre El Multiespacio, las asociaciones de vecinos, las guarderías, los colegios, deben de participar de la vida del mismo, integrándose, conociendo la realidad que en ellos se comparte y aportando cada cual lo que quiera y pueda  aportar para mejorar la calidad de vida de estas personas, y por ende, la suya y la de la sociedad en su conjunto. Esto es convivencia.

En los años 70 estaban los asilos, en los 80 las residencias, en los años 90 El Modelo de Atención Centrado en el Servicio con los Centros de Día y en la actualidad proponemos El Modelo de Atención Centrado en la Persona con El Multiespacio de Terapia y Convivencia.

Bibliografía:

  • Sancho Castiello, T, Rodríguez Porrero, C. (2001). Catalogo de recursos, servicios y ayudas técnicas. En Libro Blanco sobre la enfermedad de Alzheimer y transtornos afines. Vol.II. Obra Social Caja Madrid.
  • Leseman F., Martin C. (1993). Les personnes agées: dependence, soins et solidarites familiales. Comparaisons internationales. La Documentation Francaise. París.
  • org: La enfermedad de Alzheimer y otras demencias en España// http://www.alz.org/
  • FEDACE: Las personas con daño cerebral en España.// Fedace.org